Quiero detenerme en primer lugar en el título del poemario “Escuela de las órbitas”. ¿Qué es una escuela? Rescatando la acepción que más hace valer el título del poemario sería el lugar donde se da o se adquiere una enseñanza. Porque la enseñanza, este caso, tiene una connotación muy clara: mostrar algo para que sea visto y apreciado desde un punto de vista que habitualmente no es contemplado.

              Así pues, la enseñanza con la que nos encontraremos en este poemario es sobre la forma de aproximarse y mirar el mundo desde un punto de vista que habitualmente no se tiene en consideración; mejor dicho, no se le da la valía que merece. Esta sería mediante la imaginación, dejar aparecer algo de forma involuntaria o que solo puede alcanzarse desde la lateralidad.

              Las órbitas son otra cuestión para tener en cuenta: podemos entenderlo como la trayectoria que describe un cuerpo en movimiento girando alrededor de uno o varios puntos o, si queremos comprender la postura de la autora, más bien sería la trayectoria como el ámbito (o campo) en que se percibe la insistencia o influencia de algo.

              Las órbitas son, por extraer una definición de mi lectura, el cuerpo donde se muestra el ámbito en que percibe la insistencia e influencia de alguna cosa.

La escuela de las órbitas muestra cómo el campo del cuerpo puede mostrar una enseñanza para percibir la influencia de un elemento que está en la naturaleza y que insiste para hacerse ver sin hacerlo pasar por nuestro propio comprender; el dejarse aprehender por ello para hacerlo expresar por la imaginación.

             

              Como muestra la autora sería un posicionamiento frente a la realidad que linda entre la confusión con el desempeño o vivificarse por el desempeño que la persona realiza. Son dos hechos sustancialmente diferentes.

Rescato unos versos para evidenciar este efecto: “que el mundo es una interpretación/ cuando paso los dedos por las suturas”. El mundo no es un hecho, es una interpretación de la percepción imaginaria del cuerpo.

              Encontraremos a lo largo del libro una apuesta significativa por el cuerpo. El cuerpo, no el construido o el investigado por el ser humano, sino el que habitamos, es el elemento que poseemos para contemplar y que precipite una interpretación. El cuerpo está construido por la imagen que se constituye por la mirada (la imagen invertida) que deviene del acto de mirar y el reflejo devuelto del afuera. Entre un suceso y el otro acontece un proceso: la capacidad imaginativa del sujeto para aproximarse a los fenómenos de la realidad. Dicho por la propia autora “que para engendrar debe pararse la luz”.

              El cuerpo contiene cicatrices; son hechos del pasado que en sí mismas no tienen significado. Es necesario la memoria, la apuesta por confiar en la memoria y la imaginación. Y la autora encuentra este hecho en los sauces “en cada cicatriz/ hay un sauce que se fía del agua”. Todos sabemos de la expresión “la memoria del agua” o que “el agua tiene memoria”. Los sauces son árboles que crecen cerca del agua: de la memoria del cauce.

              Me sirvo de otros versos de la autora para afirmar esta apuesta “la civilización es una hilera de juncos junto al río,/ escrita por los hombres”. Y con esta afirmación nos encontramos con la escritura.

              La escritura es la apuesta del ser humano por dar orden a unos sonidos y articulaciones sonoras que tengan un sentido. Dicho sentido la llamamos semántica. Sin esta semántica los objetos serían materia inalcanzable para el entendimiento. Necesitamos de la escritura para que “los campos semánticos [inclinen] la materia y las metáforas de la organización de la materia”, como dice la autora.

              Sin extenderme mucho más, me veo ante un libro ingente y que en ocasiones resulta inabarcable. Pero que su sonoridad, su juego y su imaginación transporta a concebir el mundo desde prismas que nos atraviesan, es decir, ser utilizados por ellos y no manipular la materia para construir el prisma que nos permitiría domar la materia. Dejemos que el “cuerpojo” cobre más relevancia en nuestras vidas.

Iván Navarro

Psicólogo Social, Investigador y Psicoanalista. Socio de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis de Valencia. Es autor de los poemarios Necesaria subjetividad (2021, Cuadranta) y Porque nadie sabía como llamarte (2023, Ole Libros) Es coordinador de Mínyma.

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