Cristóbal estaba en la terraza bajo el rayo solar. Con la mirada seguía el derrotero de las aves. El triciclo que le habían regalado para su reciente cumpleaños yacía tirado en un costado del descanso de la escalera. Era una larguísima escalera espiralada que ascendía lentamente desde el patio. Cada peldaño de vieja madera derruida no trepaba mucho en altura, pero eran tantos los peldaños y las curvas que finalmente se alcanzaba la terraza. Llevaba horas en la terraza caminando con indiferencia, cada tanto escrutaba las hormigas que roían las flores de la madre o asomaba sus cabellos lacios y enrulados por la baranda sobre la callecita.

Desde el patio subió una voz casi imperceptible en tanto fue cubierta por el estruendoso rum rum del tráfico que pasaba.

—¡Cristi, ya está la comida servida!— aulló está vez la mamá.

Cristóbal no se inmutó ante el llamado, compenetrado en la contemplación de los pájaros seguía deambulando por la azotea. La madre repitió el grito otras tres veces hasta que la carita blanca del niño apareció sobre la baranda interna con una sonrisita angelical actoralmente dibujada.

—Ya voy ma — dijo Cristóbal y emprendió el camino hacia el comedor. Caminó según las reglas de los caracoles, movió un pie y luego otro, hasta llegar a la escalera, se detuvo luego en cada escalón, en cada uno juntaba sus piecitos y miraba el cielo largamente, luego bajaba hasta el próximo con un gracioso saltito.

Cuando llegó a la mesa sus hermanos estaban reclamando el postre y la madre agachada en la bacha fregaba los numerosos platos. El almuerzo de Cristóbal esperaba intacto salvo por algunas papas que los hermanos sigilosamente le habían birlado. Esta era la escena de los domingos, de cada uno de los domingos que se sucedieron luego de la muerte de Raúl. Cristóbal se había ensimismado tras la muerte de su padre, no jugaba más con sus hermanos, que cada tanto lo observaban en sus raros comportamientos, cada vez más frecuentes,  en la terraza. Hablaba cada tanto, y si lograba contestar con monosílabos o palabras sueltas tanto mejor. Cristóbal terminó su plato y se llevó el postre a la azotea, previamente había tomado dos tizas blancas del anaquel de la cocina. 

Llevaba algunos días dibujando con tiza en las baldosas anaranjadas de la azotea, blancos trazos ininteligibles que borraba con esmero antes de que oscureciera. Entre los croquis de Cristóbal abundaban rectángulos y esferas, a menudo se repetía la aparición de tres esferas una muy grande y dos más pequeñas. En algunas oportunidades en que la madre subía a tender la ropa, Cristóbal se apresuraba a destruir sus gráficos. Frenéticamente los borraba con el pie o con las manos ensalivadas. La madre con una paciencia digna de un santo le hablaba dulcemente como antes lo hubiera hecho su padre.

—¿Qué pasa Cristóbal, por qué no bajas a merendar con tus hermanos?— y le acariciaba tiernamente los rulos dorados que ya crecían desmesurados.  Cristóbal jamás decía palabra; guardaba un silencio abismal que parecía prolongarse eternamente. Su rostro se llenaba de pequeñas líneas imperceptibles que escondían una suerte de furia cada vez que la madre lo tocaba, pero jamás se quejaba. Se quedaba mansamente cuando la madre lo acariciaba y cerraba los ojos, luego cuando la madre bajaba de regreso a la cocina se ponía a temblar e incluso, a veces, se le escapaban algunas lágrimas.

Las tardes continuaban iguales, Cristóbal en la azotea naufragando en pensamientos de niño o dibujando las baldosas con una parsimoniosa ingeniería infantil. Siempre los gráficos contenían rectángulos y esferas, tres esferas, una de mayor tamaño. 

Una tarde de abril Cristóbal concluyó con otro de sus croquis, lo observó atentamente, sonrió con una satisfacción enteramente inaudita para un niño de sus años, aspiró una bocanada de aire y dejó divagar su vista hacia los pájaros, como si hallara una extraña mueca de libertad. Los días siguientes a aquella tarde Cristobal no volvió a sus garabatos de tiza. Se quedaba en la terraza paseando de un lado al otro, en su cara había un destello extraño, estaba ansioso. 

El domingo la madre subió a tener la ropa, mientras tendía Cristóbal repentinamente decidió bajar, esta vez tomó las escaleras a paso firme. Se detuvo no más de un instante en el descanso donde yacía el triciclo y lo ubicó convenientemente. Luego se sentó a la sombra contra una pared del patio. Y esperó. Esperó con un gesto adusto y sereno hasta que su madre cayera rodando por la escalera.

Luego lanzó un gemido agudo que alertó a sus hermanos. La madre estaba muerta. El croquis concretado.   


Victoriano Campo

Escribo para mantener a salvo los rudimentos de la cordura y recordar la certeza de lo efímero. Pensando en cosas absolutas pese a la fugacidad de la existencia. Persigo la tranquilidad, la calma y el equilibrio. Sé que los interrogantes más elementales permanecerán sin respuesta. Viajo herido de muerte, celebrando la vida.

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