Lo primero, hablar de Mapa físico no es sencillo. Por lo que, para hablar de él me centraré en varios poemas que he considerado cardinales y que sostienen el peso de la temática. Con esto, se puede decir que existen dos marcos por los que mirar: el mapa físico del cuerpo en relación con los recuerdos y las palabras con las que se intenta dar cuerpo a esos recuerdos formadores de mapas.

En Tierra de campos la segunda estrofa es reveladora. Evidencia esa relación tan estrecha entre la forma, que ubica a la nada – vistiéndola –, y la repetición que acontece como una Ley natural en nuestras vidas. La repetición, aquí, se articula mediante la arquitectura (estructura) que aporta una funcionalidad que constituye una forma. Y construye y dota de forma a aquello que no lo tiene, o visto de otro modo, da sentido a la vida que en sí misma no tiene.

Siempre desde una apuesta personal para ingeniárselas como cada uno puede ante el sin sentido: una vida que está en-forma constante.

Es en este punto es donde el poema Simbología viene a golpear con su pregunta para dar otro paso. Incide directamente en el sujeto del lenguaje cuestionando esa supuesta naturalidad de reconocerse en los símbolos.

Jorge Ortiz Robla

Los símbolos de los que nos servimos cotidianamente están divididos y unidos por una conjunción significativa: por la barrera entre el significante y significado. ¿Quién acotó y nos enseñó a reconocernos en ellos? El autor da una salida a esta respuesta buscando en ese otro sin forma, sin figura, esa barrera que viene a dar lugar a la personne[1] Los gestos descritos en las estrofas anteriores evidencian lo inasumible: la escritura deja un trazo, aunque sea borrado, que se inscribe en esa repetición “natural” que aparece y se destacaba en Tierra de campos: la huella.

Puede sugerir en este punto una cuestión importante, ¿qué es aquello que insiste e interpretamos como repetición? Hay dos imágenes del poemario que vienen a responder sobre esto, aunque no a concluir, que se encuentran en: Aldearrubia y Acupuntura.

El autor muestra a las abejas y las avispas como elementos decadentes y finitos que se envuelven en recuerdos que recaen sobre el cuerpo: uno mediante el gusto, tras el vaciado de los panales y el otro sobre el baile plácido de las avistas cerca de la piscina, que rodean las flores inmóviles y de las cuales acaba ardiendo una espina en la piel.

En el primero se encuentra un contraste entre lo dulce de la miel y la desesperación de las abejas golpeándose en el cristal y en el segundo la paradoja de sacar una espina con dos agujas que también atraviesan el cuerpo, marcando el recuerdo, pero esta vez para “deshacer” el dolor. De aquí extraigo dos cuestiones: el dolor como recuerdo y el recuerdo marcado en el cuerpo.

Así pues, el dolor no solo es uno y esa clarificación se puede encontrar, de soslayo, en Cuatro hojas. En esa búsqueda incansable después de los rituales necesarios hasta terminar en los “acrósticos” que otorguen un significado o un camino a seguir que, a través de los ojos de un niño, se vuelven un azar o una suerte o una sorpresa que cobra forma de un trébol de cuatro hojas.

Dicha suerte escapa y se esfuma con los “años/ arrastrados, como cometas, entre los márgenes del río”, cuando solo las estructuras inanimadas permanecen: en este caso el puente. Este juego de ir y venir entre lo imperecedero y lo efímero resuena constantemente en el poemario. Pienso que aquí se alcanza y se toca una verdad inefable.

En este tramo se pueden alcanzar varias reflexiones: las relaciones lingüísticas, las vivenciales y los recuerdos son atemporales en sí mismos. Solo cobran temporalidad en la medida que se engarzan en un discurso que va ejerciendo una fuerza de relación. Puede que esa verdad anteriormente nombrada tenga una base de ficción discursiva, pero como comentan Lacan y Nietzsche la verdad es dolorosa y se sustenta en una base de ficción o imaginación.

Esa verdad aflora conducida por y con el tiempo discursivo “como una ola que asfixiada/ retorna al mar”. Es una imagen que condensa tiempo, verdad y ficción, que concluye en la sensación de esa “salinidad del tacto” que se ahoga en el propio recuerdo. Vuelve de nuevo, para mí, la conjunción entre el cuerpo y el recuerdo que da sentido (doble sentido) al título del libro. De hecho, esta evidencia latente durante todo el poemario toma cuerpo con el poema Mapa físico, donde se explicita su equívoco intencionado.

Para concluir me gustaría detenerme en los últimos cinco versos de Huellas sobre la hierba. Es en ellos donde la finitud de la vida se representa en esa marca perecedera de la huella: en esa presencia ausente de ese alguien que pasó. Un hueco dejado y que perfila los recuerdos de los que la miran, como esa barrera (hendidura) existente entre el significante y significado, que nos ayuda – con cierta suerte y sorpresa inesperada – a reconocernos en lo que depositamos en ella.

Vemos, por lo tanto, un poemario repleto de metáforas y metonimias que articulan un cuerpo físico que mapea a través de los recuerdos un lugar en la memoria. Dicha memoria, a su vez, articula un mapa físico de la geografía del autor que desencadena irremediablemente a las vivencias más vivaces de su infancia.

Un libro, al fin y al cabo, para ser leído y dejarse absorber por el juego de las palabras. Exige un lector activo y reflexivo. Jorge Ortiz evidencia, en última instancia, que la memoria y la infancia son una representación orto-gráfica que destaca las formaciones naturales más significativas de la vida del ser humano para construir su identidad.


[1] En sus dos acepciones: persona y nadie.

Iván Navarro

Psicólogo Social, Investigador y Psicoanalista. Socio de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis de Valencia. Es autor de los poemarios Necesaria subjetividad (2021, Cuadranta) y Porque nadie sabía como llamarte (2023, Ole Libros) Es coordinador de Mínyma.

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