Raquel Andreu (Elche, 1993). Criada en un matriarcado que le ha enseñado que ser mujer es lo más difícil y bonito que te puede pasar a la vez.

En el año 2011, empieza a estudiar Derecho y, tras dos años, se da cuenta de que no quería interpretar las leyes, sino cambiarlas. Por eso deja el Código Civil y la Constitución a un lado y coge un bolígrafo y una libreta para ser Periodista. Ahora se dedica a enseñar lo que no se ve y a gritar lo que nadie escucha.

Siempre ha sido una apasionada de la lectura y la escritura, y no entiende la vida sin la música. En otra vida debió ser sirena, porque adora el mar. Aunque también pudo ser pájaro, porque a menudo se lanza al vacío, pero siempre consigue retomar el vuelo. Cree firmemente que las palabras curan el alma. A ella le salvaron. Por eso esta aquí.

Eternamente fugaces

Ahuyentó de un plumazo todos mis fantasmas del pasado. Les quitó las cadenas y con sus sábanas me cosió una capa para poder volar.

Cuando me miraba, sentía el amor propio en un rascacielos. Y el ajeno empezando a florecer.

Me dijo que me había convertido en el skyline más bonito de su habitación. Y me transformé en luna iluminando el mar. En sol calentando el cielo.

Hablábamos a besos y pasábamos de un «te cuido» a un «te devoro» en milésimas de segundo. Intercalábamos caricias y rasguños. Suspiros y mordiscos.

Transformó mis signos de interrogación en puntos suspensivos. Y desde que le conocí empecé a vivir entre exclamaciones.

Arregló mis fracturas, recordándome que el caos es bonito. Y que las piezas rotas cortan, pero que sangrar te hace estar viva. Y con él renací.

Le mostré mis armas. Y en lugar de dispararme, me dio tregua. Fue paz entre todas mis batallas. Y bandera blanca al terminar mi guerra.

Sé que voy a quemarme. Y que el fuego se tornará brasa. Pero siempre he preferido la ceniza al hielo. El humo a la niebla.

Y ahora que he aprendido a bailar sola, quiero existir en un vals eterno. Y juntos ser compás, música y poesía. Porque solo así, siendo arte, nuestra fugacidad será eterna.


Ojalá tú

No eran tus manos. Y sentí miedo. Porque mi cuerpo rechazó irremediablemente el contacto de otros dedos. Lo intenté, lo juro. Puse empeño. Ganas. Intención. Pero no pude.

Y no pude porque no eras tú. No eran tus ojos haciendo que me hundiera en ellos al mirarte. No era ese iris marrón chocolate que te invita a navegar sin rumbo. Eran unos ojos cualesquiera, que me veían, pero no se paraban a observarme. Y menos mal, porque no eran los tuyos.

No era tu piel, llena de constelaciones diminutas. Esas que se erizaban cuando mis dedos bailaban sobre tu espalda. Cuando otro cuerpo me rozó, nada se despertó en mí. Solo quise seguir durmiendo en tu pecho, cuidando de tu respiración. Y de ti. Y deseé amanecer cada mañana impregnada en tu sudor.

Esa no era tu risa. No sonaba igual. No centelleaba pedacitos de complicidad. Tan tuya. Tan nuestra. Procuré que mis labios se arquearan para sonreír. Pero no pude. Esa forma de hablar no serpenteaba mis sentidos. Me hacía evadirme y seguir pensándote. Todo el rato.

Tenía claro que no eras tú. Desde el minuto uno. Mi yo más animal guardaba distancia. No quería que nadie acortara centímetros que solo me apetece romper contigo. No era tu olor. Ese que se metía en mis entrañas y las estrujaba sin piedad.

Probé. Y no sabía ti. A esa vorágine anárquica que amarga y endulza a la vez. Esos besos no eran los tuyos. No se zanjaban con un mordisco. Ni me empujaban a seguir. Me frenaban en seco hasta darme de bruces con la realidad. Una en la que tú no estabas.

Hay personas que son costuras en el alma. Y son irrompibles. Perennes. Imperecederas. Y que, aunque escuecen, también curan. Que sangran, porque te hacen sentir viva. Que construyen cimientos inquebrantables y, a la vez, te parten en mil pedazos.

Muchos pueden estar, pero muy pocos llegan a ser. Más de ocho mil millones de personas en el mundo. Y ninguna eres tú. Con ninguna puedo ser yo. Pero ya da igual.

Como dijo Jodorowsky, «estamos irresistiblemente atraídos por quién nos traerá los problemas necesarios para nuestra propia evolución».


Noviembre

Me miras pero no me ves. Y no te das cuenta de que te hablo con los ojos.

Navego en la parte baja de tu espalda. Y por tus curvas surfeo con la yema de mis dedos.

Esnifo tu piel inhalando cada poro. Y retengo tu perfume en un frasquito de carne y hueso.

Nos sentimos sin tocarnos. Y encendimos fuegos artificiales al rozarnos por primera vez.

Practicamos la anarquía poniéndonos normas. Y fuimos los reyes en nuestra propia república.

Lo nuestro fue utópico. Y atípico. Pero real. Y palpable. A pesar de la distancia.

Yo, que siempre he sido de hechos, te estoy convirtiendo en palabras. Y hoy vives entre mis versos.

Los abrazos que te debo se han transformado en rimas. Quería que fuéramos hogar. Y solo hemos sido viaje.

Cuánto te echo de menos. Pero cómo he disfrutado del camino. Has sido mi caos más bonito.

Y aunque siento que sin ti es invierno, gracias. Porque ahora mi primavera siempre empezará en noviembre.

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