Leandro, solete.

Leandro, solete.

Te escribo esta carta para cortar contigo, no consigo decírtelo a la cara, nunca son propicias las circunstancias y no puedo más. No me busques, no me llames, no me escribas. Evitémonos por el bien de los dos.

He de confesar que no fui yo quien te eligió en Tinder, mi gato le dio al “me gusta” con su patita guateada. Yo nunca te habría elegido, primero, por la foto borrosa que daba a entender que querías esconder algo, seguramente que eras feo; después, por el lenguaje rancio de la presentación de tu perfil, pensé que te habrían criado tus abuelos e imaginé que pasarías la tarde de los jueves con ellos y sus amigos en el Bingo; y sobre todo porque no quería conocer a otro hombre, acababa de salir de una relación tempestuosa con un funambulista, nunca te lo dije; le amaba profundamente, pero le dejé: quería arrastrarme al vacío. Ya sabes que no tengo la agilidad que se presupone para mi profesión. Es verdad que subo mucho la pierna, pero con los analgésicos no guardo bien el equilibrio y si no me atiborro de ellos ya has visto como me doblo. ¡Qué desgracia tener el mal del chicle!

Me gustó que propusieras la librería “Con uñas y dientes” para la primera cita. El dueño tiene la misma cara de inteligente que Stephen Hawking y los personajes que paran por allí parecen salidos del primer catálogo de Darwin sobre el origen de las especies. Y sí tú también eras un ser adorable como ellos, o quizás fueras un Cyrano de Bergerac, de ahí la foto borrosa, y me perdía conocerte. También me planteé que podrías ser un asesino en serie; yo lo sabría al instante, simplemente mirándote a los ojos. A mi tío le detecté esa mirada turbia tras el primer asesinato, en el segundo avisé a la policía, no me hicieron ni caso, ya sabes que el clero no levanta sospechas; fueron necesarias siete victimas más para que lo detuvieran.  

Llegué con tiempo a la librería, quería sentarme lo suficientemente cerca de la puerta como para salir pitando a la menor señal de alarma. 

Cuando entraste me pareció exagerada la enorme rosa blanca que llevabas en la mano digna de la novia de Shreck, y curiosa tu imagen de los años 40 propiciada por el traje de cheviot gris y el peinado a lo Ken que llevas siempre. Lo que hizo que corriera hacía la salida fue el quejido de tus pantalones cada vez que dabas un paso, creí que eras de plástico, luego supe que el almidón es un elemento indispensable en tu vida. La mala suerte quiso que tropezara con la bufanda que había llevado como distintivo y acabara en el suelo tras de ti. Te volviste como Cary Grant en “Con la Muerte en los talones”. Me gustó que dijeras que me reconocerías en cualquier parte, 

me hizo gracia que “me perdonaras” por llegar un minuto tarde.

Debí decirte lo del gato, y que pretendía huir de ti; no pude, quise ser cortés. Te pregunté donde habías nacido para romper el hielo, dejaste que dijera un montón de provincias y joder eras de Madrid; luego supe que no contabas cosas personales en la primera cita, cómo iba yo a saberlo si solo decías monosílabos. Cuando te toqué el pelo te pusiste azul como “Avatar”. ¡Me jode que te pongas azul cuando te toco!

Respiré cuando Stephen dijo que iba a cerrar. El “Qué te vaya bien. Igual algún día nos vemos por ahí”, era un hasta nunca camuflado. 

Al verte la noche siguiente en la primera fila del Can-Can perdí la sonrisa de golpe; te juro que pensé en tirar a mi compañera Rita sobre ti y aplastarte. Me volviste a levantar del suelo cuando me enganché el tacón en el vestido y me caí. Fuiste tan amable dándome aquel masaje en el tobillo. Claro, qué si no hubieras ido ¡puto pesado! no me habría dado el mal del chicle. Siempre que estas cerca me lesiono.

Acepté tomar una copa contigo para decirte lo del gato y porque me ardía el tobillo.

Casi me muero cuando pediste una zarzaparrilla, aunque lo que me mató es que midieras el mantel para que colgara igual por todas partes y que limpiaras los cubiertos con el paño de cocina que llevabas en el portafolios. ¡Qué puto maniático eres! Y yo sentada frente a ti, con una coleta más alta que la otra, tomando güisquis dobles con analgésicos. Recuerdo vagamente que puse los tenedores en pirámide, te hice una capa con el mantel y subida a tu chepa empecé a llamarte Clark Kent.

Desperté en tu cama ocre, vestida con tu pijama ocre, en tu casa ocre, corrí como una posesa para huir de ti.

Volviste al Can-Can y estás ahí todas las putas noches, siempre que me caigo, y es que contigo me caigo siempre. 

Y esa manía tuya de presentarte en mi casa con la menor excusa y ponerte a limpiar y a ordenarlo todo, no encuentro ninguna de mis cosas si las metes en los cajones. Lo de la plancha y el peine ha sido el colmo. ¡No puedo más! 

Ya sabes lo del gato, lo de la librería, todo lo que odio de ti. Aléjate porque voy a creer que hasta te quiero un poco.

Atalanta

He querido ser un pájaro, un árbol, el viento, la lluvia, el rayo, el mar, el azul. Cuando escribo soy todo eso porque escribir es soñar despierto y te permite vivir mil vidas. Coordino el Club de Relato en Irredimibles.

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