Iván conoce el poder del lenguaje no solo desde la perspectiva del escritor sino también desde la visión que ofrece el psicoanálisis, corriente en la que ha especializado. Licenciado en Psicología y Máster de Investigación en Psicología Cultural. Psicoanalista y socio de la Comunidad Valenciana de la Escuela Lacaniana del psicoanálisis (ELP).Iván Navarro

Pero aquí vine a hablar de mi libro, perdón, del libro de Iván así que mejor enfocarnos.

No siempre ocurre que los libros más largos sean los que tienen más sustancia, a veces bastan pocas palabras para condensar una inmensidad de significados. Es lo que ocurre con el poemario Limaduras del decir, del autor Iván Navarro Lluisma. Tampoco ocurre que las reseñas y entrevistas salgan del tirón. Confieso que hemos tardado un buen tiempo, el autor y yo, en producir este artículo y no por desidia sino por respeto. Es dificil hallar palabras que se encuentren a la altura de este trabajo.

Arranco por el prólogo, que dice «la lengua, extranjera del lenguaje, nos atraviesa, hasta limar el hueso de las palabras que conforman nuestro cuerpo». Yo me arriesgo (ya para empezar a entrar en materia) con otra propuesta de lectura: son las palabras quienes nos liman, los huesos de nuestro caracter y de nuestra personalidad.

Siguiendo esta línea tengo que agradecerle a Iván por devolverle a las palabras el poder que tienen. «soslayando el binarismo entre objetivo y subjetivo, materia y pensamiento», en «un intento de acotar lo real y poder decirlo». «y allí el poema, que acierta a decir algo que no puede ser dicho de otro modo».

Hace muchos años leí un libro de relatos, muy delgadito apenas contaba con más de cien páginas, que nos recomendó Ángel Zapata en el curso de escritura al cual estaba apuntada. A medida que avanzaba en esa lectura sentí que entraba en el territorio misterioso donde cada frase dice mucho más de lo que quiere decir y por eso era importante no perder de vista ni al más simple adjetivo. El análisis posterior que hizo el profesor a uno de los relatos confirmó mis sospechas. Cuando he leído Limaduras del decir, he sentido la misma emoción, lo que me ha conducido a una segunda y tercera lecturas caminando despacio y alerta entre los versos. En cada relectura he descubierto nuevos significados para mí. El libro del cual hablamos en aquella clase se llama Crónicas de Motel (escrito por Sam Shepard) y aunque Ángel ya no es mi profesor, me gustaría que leyera Limaduras del decir, creo que lo encontraría fascinante.

Yo solo puedo dar mi opinión, me parece un texto lleno de simbología hasta en los detalles de forma (los poemas arrancan sin título y en minúscula). Pienso que es un poemario que dialoga consigo mismo.

Sin embargo, para tener más visión más en profundidad del libro  y sus significados me arriegué con unas preguntas al autor:

1.- Querría empezar rescatando este primer poema

“con temblor

la lengua-pájaro

                   enjaulada

genera artefactos

que simulan libertades»

 

Lo que me sugiere preguntarte, ¿crees que los humanos no somos del todo libres? ¿Crees que no lo somos porque hablamos o quizás es precisamente el lenguaje quien nos concede libertad?

 

Es una pregunta bastante difícil de responder. Cuando se habla de libertad hay que tener en cuenta muchos matices. Depende del área y de la cuestión que tratemos.

Creo que como humanos, aquello que nos hace humanos, que es el lenguaje, nos lleva a situaciones donde nos damos cuenta de que somos menos libres de lo que pensamos. Pero el lenguaje permite humanizarnos, lo que nos da la posibilidad de manejarnos ante un mundo que es incomprensible.

El lenguaje nos permite dar cierto orden a lo que no lo tiene. Pero también nos aprisiona en formas de pensar que hemos heredado y que hemos creado sin comprender. No solo me refiero a que los límites de mi lenguaje son el límite de mi mundo, me refiero a que podemos manejar hasta cierto punto el lenguaje; lo dejan claro los escritores y los poetas. Hay frases que nos persiguen, que decimos, que no son nuestras y que estructuran nuestra manera de ver el mundo. Es por ello que somos, en gran medida, hablados por él. El tiene un movimiento, una inercia, con la que tenemos que contar. Y esta inercia traza unos caminos que no podemos controlar y que nos llevan, por suerte y por desgracia, a equivocarnos, errar y descubrir cosas de nosotros mismos que van más allá del control del lenguaje.

Así que podemos hablar, pienso, de ciertas libertades, como las políticas, culturales, etc., pero todas ellas estarán condicionadas, aún así, por el orden mundial (el discurso dominante) que esté gobernando. Estos discursos no siempre acompañan o permiten formas de hacer que comulgan con nuestro modo de sentir o de dar sentido.

La cuestión es que dentro de los impedimentos, creo, hay cierto margen de maniobra a lo que podemos llamar elección. Y creo que para eso uno ha de ser consciente de que las palabras que utiliza no siempre las gobierna quien habla. Por ello, es tan difícil hablar de libertad, podríamos pensar en hacer un esfuerzo de hablar de una forma que nos hagamos responsables de lo que decimos.

 

 2.- Si hablamos de identidad humana, pienso en el poema

» hago extracciones
     del vacío

      lleno de ficción
      el transcurso

      la nada
      es el sonido de mi nombre«

y te pregunto ¿Somos solo ficción en el transcurso de la nada? ¿Es nuestro nombre lo que nos dota de identidad?

 

Creo que es otra pregunta muy compleja. Voy a intentar decir algo que no me deje en evidencia.

Veamos. El término identidad tiene sus usos sociales. Dependiendo de aquél quien lo utiliza tiene una carga o sentido; sobre todo en colectivos.

Ahora bien, si hablamos de identidad, y aquí intento escaparme un poco del embrollo que supone esta palabra, dentro de la poesía es indefinible. La identidad no depende de un-alguien. A veces, cuando el poeta escribe, puede ser un haz de luz, una mota de polvo, un carrito, una voz, un sonido, la nada, el tiempo, cualquier cosa y nada a la vez. La identidad depende de aquellos objetos que incorporamos para que formen parte de nosotros – o incluso ya estaban pero no nos habíamos dado cuenta. 

Y con cuerpo me refiero, no al organismo como tal, todos podemos tener el organismo que nos sostiene en esta realidad (pulmones, corazón, etc.), pero el cuerpo es algo diferente: se va constituyendo por los avatares y sucesos vitales de cada persona. Una mano se hace en la medida que hace y la hacen, por ejemplo. Así como mirar, no viene de fábrica porque tengamos los ojos como órganos, hay que darles una función. Por ello, ningún cuerpo siente placer, ni dolor, ni tiene las mismas partes que otro. Tener un cuerpo es una cuestión de identidad y pienso que el nombre lo que hace es una forma de cierre.

El nombre propio es lo que intenta atar lo que se supone que somos, el cuerpo que tenemos y aquello que nos ha atravesado y no podemos nombrar. Aunque lo intentamos cada día, creo que esa insistencia podría explicar más de la identidad que la imagen que uno cree ser, pero eso sería meterme en otros terrenos pantanosos. Voy a dejarlo aquí, si me permites.

 

4.- Hay otra cuestión que quería plantearte y que tomas en los siguientes versos:

«aquello que hago

                            no está acorde al deseo»

 

Entonces, me pregunto ¿Qué desea Iván Navarro Lluesma?

 

Bueno, podría hablarte de qué hago o qué insiste en mí: la escritura. Intento, con pocas palabras, como habrás visto en el último poemario, tomar las palabras justas, las que deben ser (y a veces no lo son, pero he de conformarme), para articular algo de lo que experimento.

Creo que el deseo no lo pienso tanto como aquello a alcanzar. Más bien eso sería querer algo. El deseo es desear; saber dejar un espacio incompleto que movilice.

Entonces, a día de hoy eso es lo que hago: escribo tendiendo al agujereado. Si pudiera decirlo así; no dejar cerrado. Cuestionarme.

Te cuento una curiosidad: este verso resuena a una frase de Pierre Rey, escritor francés, que dice algo así: Uno es siempre responsable de lo que no hace.

Incluso lo que uno no hace puede estar acorde con lo que desea.

 

5.- Cuándo dices «¿acaso no es la escritura desastre?» Me pregunto si únicamente habla el poeta o acaso también habla el analista.

 

El tema de la escritura hay que tomarlo en serio. Hay una parte de la misma que te permite ordenar, dar forma, pero la propia escritura muestra un desastre: el de la propia persona. Lo que ocurre es que está estilizado por el poema, el relato, el cuento, hay una belleza que lo vela y deja entrever.

La escritura no es otra cosa que desastre, porque emerge de (voy a decirlo en un principio así) no se sabe bien dónde. Sin embargo, las personas que escriben saben que no solo se escribe con la mano: con el acto de decir también se escribe.

Es posible que aquí no solo hable como poeta, sino posiblemente por la experiencia como analista y como analizante. Hay formas de decir que toman el cuerpo y se escriben y cambian algo de la subjetividad (o podría decir, se desprende algo la subjetividad). Pero ese decir, o ese acto de escritura sincero, le pilla a uno por sorpresa y solo sabe de sus efectos cuando ha pasado un tiempo. No es inmediato. Y hay que estar preparado para asumir que hay un tiempo necesario para comprender: cuando tomas una decisión, cuando has tenido una conversación, cuando amas, cuando piensas. Y creo que hoy ese tiempo está en cuestión; estamos en una inmediatez perpetua.

Así que, sí. Para mí la escritura es desastre. Un desastre singular que permite seguir generando los espacios donde habitar.

 

6.- Tomo unos versos y te planteo una pregunta

 

«pájaros en vuelo

formando textura negras»

 

¿Es la naturaleza un test de Rorschach que palpita?

 

No sabría qué decirte, desconozco en gran medida los Test de Rorschach más allá del común. No es algo que haya leído más allá de la carrera y de eso ya hace mucho tiempo. La cuestión de pensar que es una técnica proyectiva, es decir, que el paciente ha de decir o interpretar algo al ver una mancha es una forma de estar en el mundo, si me permites. 

Ahí la persona es pasiva y es empujada, en el buen sentido, a hablar. ¡Dime qué ves! No me voy a centrar en la cuestión de que eso servía para diagnosticar, que es otro tema. Me ciño a la posición del que mira y enseña.

Creo que uno ha de saber hacer con la mirada, responsabilizarse. Eso es lo que hacen los poetas. No encuentran, se encuentran en la mirada que toca el objeto que está “fuera”. Digo fuera entre comillas porque si ese objeto ha captado algo de la mirada es porque resuena con una intimidad que desconoce. Así, el adentro y el afuera se desdibuja.

Puede que en la naturaleza palpiten formas e imágenes, pero hay que darse cuenta de que están. Un poeta de una moneda puede hacer un poema. La cuestión es cómo él encontró el modo de formar una imagen que agujerea la lectura del lector haciéndole sentir que esa moneda es parte de él; es íntima.

Igual, por cambiarte la palabra palpitar, hay algo en el mundo que es una pulsación; que se abre y se cierra. Es eso lo que capta el poeta: la fugacidad del latido. Lo toma y no lo deja escapar hasta que debe de abandonarlo por desesperación y por haberle dado tantas vueltas que es mejor distanciarse. Dejar que sea de uno para que sea de otro.

Por lo que leo, no solo liman las palabras también lima el tiempo.

 

7.- Si hablamos de psicoanálisis habría que hablar del poema


«soy ser de lenguaje

 

            al nacer dos caminos:
                        ser tuyo
                        o ser tuyo

                                                    /¿madre?/

Tras la agonía
con el tropiezo del deseo
                                                     Materno….»

 y de cómo pienso que se invierten los papeles en el siguiente:

«.… mi hija me llama
ha escrito una letra….

….y apenas soy
en este sintante tan puro»

¿Fue intencionado?

 

Creo que es una pregunta para concluir, porque rescata aspectos que hemos tratado en toda la entrevista. No fue intencionado, pero con tu lectura veo que hay una relación. Con las lecturas que nos devuelven nos damos cuenta de cosas que nosotros no somos conscientes, y eso está muy bien. Es un alivio. Esta es una de las claves del análisis; otro lee de otro modo lo que tú llevas leyendo una y otra vez del mismo modo. No es una interpretación, es una reducción o devolución de lo que el otro dice para que resuene o toque el cuerpo desde el que se habla.

Pero creo que el primero pone en juego la cuestión de cómo ser más allá de ese primer cuerpo del que te separaste. De ese primer tiempo donde aparece ese mar de palabras para que pueda ocurrir la humanización y cómo ser otro más allá del origen.

Para eso debe de acontecer un momento donde uno pueda hacer con el lenguaje más allá de lo heredado; más allá de esa lengua que es sonido ininteligible e indescifrable. Como un murmullo o cantinela demasiado cercana de la que es imposible sacar palabras. Es cuando aparece la capacidad de hacer con el lenguaje, de decir yo y no-yo. Igual estoy simplificando mucho y espero que se entienda.

En el segundo, hay un instante de fugacidad de la vida. De la dificultad de estar en el presente. Porque en la medida que te hablo, como se ha dicho una y otra vez, ya ha pasado. Bueno, ¿cómo se es en el presente? Creo que lo primero es estar haciendo sin pensar; porque cuando uno piensa, es de todo menos ser y estar. Pero no tengo una respuesta cerrada, cada uno tendrá que hacer consigo mismo.

Por ello, se destacan dos instantes, la primera escritura de un hijo y la lectura de un otro, que aquí queda abierto a interpretar a qué o quién está leyendo…

 

Iván espero que te hayan gustado las preguntas

Ha sido un esfuerzo importante responderte. En apariencia eran sencillas las preguntas, pero si uno se para ve que no hay que dar por sabido…

Mil gracias por llegar hasta aquí, espero que muchas más personas puedas disfrutar de esta lectura reposada como lo he hecho yo y se puedan perder en el laberinto de posibles interpretaciones.


Verónica Avilés Calderón

Escribir me enfrenta a la vida. Es la dosis de humildad que necesita mi ego, la dosis de generosidad que necesita mi alma, la forma de mirar el mundo que me permite afrontar cada día como lo que es: un milagro. Soy la autora de la novela «Arena Negra» (Ed. Cuadranta, 2023) y coordinadora en Irredimibles.com.