Nacida en Cádiz en 1992, Irene Falcón González respira, lee, escribe y rima desde San Fernando, aunque aún busca un hogar que aguarden su intensidad, su alma y sus versos. No tiene muchas cosas claras, pero sabe que las letras son las encargadas de marcar su camino.
Actualmente, la encontraréis en Huellas y en El último hospital, ambas antologías benéficas, donde comparte sus dos pasiones: la poesía y el terror. También podéis leerla en el número cinco de la revista Pulporama y en el poemario que publicó el año pasado, con Olé Libros, titulado Hidra y otras cabezas. En este momento está enfrascada en la organización de una antología benéfica romántica.

Para localizarla, tan solo hace falta acudir a su cuenta de Twitter (@pinkiepages), donde es bastante activa y se dedica a compartir novedades de su actividad literaria.

Demasiado

Siempre lo supe,
desde que mi alma fue alma
y el primer grito
corrió por mi garganta.
Siempre supe que debía contener
eso que escapaba de mí.

Esas cabezas incontables,
incontrolables,
interminables...,
porque eran demasiado.

Demasiados sentimientos,
demasiada ansiedad,
demasiado amor,
demasiada ira,
demasiada tristeza.
Demasiado.
Demasiadas cabezas.
Demasiado de mí.

Complicada,
difícil de tratar,
simplemente demasiado,
demasiado que controlar.

Siempre viví disculpándome,
por habitar en mi cuerpo,
por habitar en mi mente,
por habitar en mi alma,
por todos los componentes
y engranajes que resultan en mí.
Por todo lo que me hace complicada,
por todo lo que me arma y desarma,
todo al mismo tiempo
en diferentes partes de mi ser.
Por este monstruo que me carcome.
Por esta suma de factores
que juntándolos en un puzle,
cuyas piezas no encajan,
dan como resultado
que soy demasiado.
Por ser yo.

Porque de eso me he convencido,
porque de eso me han convencido.

Lo siento,
lo siento,
lo siento,
contendré todo eso,
pero queredme.

Contendré todo de mí,
las emociones que incomodan,
las que me habéis hecho detestar,
las que resultan en mí
y me componen como persona.
Las abandonaré,
las cortaré,
para que me queráis.


No volveré a ser demasiado...,
hasta que una de mis cabezas,
atosigada por la contención,
presione todo mi cuerpo,
para escapar,
para explotar,
para volver a ser demasiado,
para llevarme de vuelta,
para presentarme como lo que soy.

Y yo, ilusa,
pensando que puedo cambiar,
que esas cabezas puedo cortar,
lo diré de nuevo:
lo siento. 
Culpa

La culpa,
esa cabeza que mira
hacia el exterior.
Espera inquieta, acechante,
al más mínimo error,
para comerme por dentro
con sus afilados dientes,
haciéndome esclava,
de un inefable dolor,
hasta volverme perfecta.
Eternamente,
porque si algo dura para siempre,
eso es la culpa.

La culpa solo quiere
que no cometa errores
para no tener que castigarme.
Me vigila desde fuera
y vuelve dentro
cuando llega el fallo,
ahí se zampa cada recoveco.

Y lo hará,
lo seguirá haciendo
hasta que sea perfecta,
porque así es la culpa
y nadie la puede cambiar,
ni yo
ni la hidra.
Nadie.

Porque esa cabeza recuerda
que cuando no traté de ser perfecta
fui castigada, comida por fuera,
y ahora lo recuerda,
lo recuerda y lo reproduce
en cada rincón de mi interior,
porque si alguien me castiga,
lo hará ella,
nadie más.

No quiere que sea insaciable,
no quiere que sea demasiado,
no quiere que sea insuficiente.

Me quiere al punto justo,
me quiere a la misma perfección,
y si fallo,
si me atrevo a fallar,
me comerá por dentro
para que nadie me coma por fuera,
porque el ataque se siente más serio
cuando viene desde dentro;
pero más peligroso,
si viene desde fuera.

Y si la culpa me come por dentro,
todo quedará en mí,
en mis entrañas,
en mi alma,
en mi cuerpo,
en mí.

Hasta que sea perfecta
y no merezca castigo alguno,
nadie me hará daño.
Solo yo.

Jamás seré perfecta,
la culpa durará para siempre,
eternamente.
Tintineo


 Aún sin reconocerme
 cuando grito a mi lloroso reflejo,
 sé que no me compongo de una, 
sino de varios entes complejos,
 que un día río entre lágrimas
 y al siguiente lloro a carcajadas
 y soy la misma, soy ella, soy así, 
esperando la siguiente campanada,
 para cambiar, para mutar.

 Porque es ese tintineo, 
ese leve contratiempo,
 el que en cuestión de segundos,
 rompe mi grieta y crea un laberinto.
 Un laberinto por el que camina 
cada individuo complejo,
 ese que espera al tintineo 
para mutar al contratiempo. 

Imperfección. 
Cambio.
 Imperfección.
 Cambio.
 Imperfección.
 Imperfección. 
Imperfección.

Imperfecta, ser imperfecta
 arranca el penetrante tintineo,
 el que cambia la escandalosa alegría 
por el llanto conformado en silencios. 

El tintineo que destroza mi oído
 convertido en cabeza de hidra,
 para mutar mi propio ser,
 rasgarlo en dos entes, complejos, 
alegres y desolados a la vez.

 La alegría, 
la perfección.
 Imperfección,
 el contratiempo, 
el tintineo.
 El llanto.
 La ruptura.
 El fragmento.
 Rompe el espejo,
 grito al reflejo...
 Y vuelta al comienzo.

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