Marta Sanz (Madrid, 1967). Su currículo dice que es doctora en Filología con una tesis sobre la poesía española durante la Transición. Aunque es en su faceta de novelista como ha saldado a la fama, Farándula obtuvo el Premio Herralde de novela, Los mejores tiempos elPremio Ojo Crítico de Narrativa y con Susana y los viejos fue finalista del Premio Nadal.
Escritora audaz e inteligente, ha publicado algunos textos narrativos inclasificables como Lección de anatomía, Daniela Astor y la caja negra, Clavícula o Persianas metálicas bajan de golpe.

Marta Sanz llega a Irredimibles como autora invitada en su condición de poeta tras la reciente publicación de Amarilla en La Bella Varsovia, donde también tiene publicada su poesía reunida en un volumen titulado Corpórea.
En una entrevista escuché decir a Marta que, cuando escribe poesía se siente parte de una comunidad (la de sus lectores) con una intelectualidad específica que le permite expresarse de una forma que no podría en la narrativa, en sus ensayos o en sus columnas de opinión en El País.
Quizás es por esto por lo que Amarilla no está dividido en partes. Todas las tristezas, todas las alegrías, todas las preocupaciones ya sean propias, del mundo, del cuerpo, de la ciudad, de los otros, de las sombras, de la vida, de la vejez, del tiempo, de la luz, están entremezcladas. Desordenadas. Como la pizarra de un profesor de química llena de fórmulas ante la mirada de sus alumnos o un cirujano jefe mostrando a sus ayudantes la amalgama de vísceras y vasos sanguíneos de un abdomen abierto, o la paleta de un pintor, donde sólo ven el orden quien mira con una mirada conocedora, intelectualmente cómplice. En Amarilla no hay desorden para quienes entienden a Marta Sanz.
Inteligente, aguda, irónica con la dosis necesaria de ternura para no caer en el cinismo. Así se muestra Marta Sanz en este poemario en el que la vejez, el cuerpo que avanza por sí solo hacia algún tipo de final, sin que la autora tenga autoridad sobre él. Solo cierto humor con el lograr desahogarse. Un retrato incómodo del ego. También para poder poder desegoarse. Unos poemas desde el yo en los que el yo no importa como propuesta lingüística para provocas algo en el otro y algo en el poema. Dice Mario Montalbetti que en poema sobre la tauromaquia solo el poeta que es capaz de trastocar el lenguaje es capaz de conseguir que el toro se peligroso. Marta Sanz hace peligroso el amarillo.
Indómito amarillo que hace que ilumina diversas ideas a la vez. El amarillo de las margaritas y lo girasoles, del orín, de la miel, de las enfermades hepáticas, de los libros estropeados por el sol. Un amarillear que no deja de lado las enfermedades del mundo, en Gaza, en Ucrania en un barrio gentrificado de Barcelona, dolores a los que nos hemos ido acostumbrado como un viejo a sus achaques, esperando ver cuál de ellos será el definitivo.
A continuación tres poemas de “Amarilla” de Marta Sanz, a la que solo podemos agradecer que nos deje reproducirlos:
ESTÁS MALO
y yo te robo los bolígrafos.
Te descoloco las cosas.
Te obligo a concentrarte
en el caos concreto.
En la falta de previsibilidad.
De pulcritud.
No te permito que pierdas
la vista
en un punto
que no se parece en nada al horizonte.
Tiro de ti
para que el punto
no te absorba.
Te robo los boligrafos.
TODOS LOS POEMAS ME SALEN AMARILLOS.
Les debo una humilde disculpa.
O quizá algo más drático:
les pido con desgarramiento
perdón,
perdón.
perdón.
NOS SALEN DE LA CABEZA FLORES DE PATATA,
verdes y amarillas ramas vegetales,
asoman las serpientes de Medusa
y el tentáculo del pulpo
tan sentimental.
Un sentido imaginario
de pelos eléctricos
nos conecta a la vida
y la vida escuece como un desinfectante
especialmente cruel.
Quizá nuestros receptores
han sido entrenados
para percibir lo negro
y ennegrecemos el mundo
con nuestros venenitos,
o lo negro es tan riguroso
que nos gasta la fuerza
y nos debilita.
No sabemos si la hipersensibilidad
desencadena
nuestra mutación en orates
y enfermas medicadas,
o quizá la hipocondría
es la que nos vuelve
tan, tan picajosas.
Nada sabemos
mientras sufrimos de insomnio
y nos salen
de las rendijas
del cráneo flores de patata,
chistes oscuros,
asfódelos, boliches, macarrones,
y el tentáculo del pulpo
tan sentimental.