Extramuros, como muy bien explica el autor en su nota introductoria, juega con una toponimia ambigua y deliberada, cuyo referente parece ser un muro, material o inmaterial, que actúa como límite, lo de dentro y lo de fuera. Pero ¿qué es lo que está fuera y lo que está dentro? A lo largo del poemario transitamos por la experiencia de entrar y salir para volver a entrar, porque el poeta se ha propuesto desalojarnos de nuestra comodidad -es un poemario que nos confronta e incomoda, descubriremos al final-. Habitualmente creemos que dentro de los muros se encuentra el refugio y la protección, sin embargo, esos mismos muros pueden convertirse en cárceles, también las fincas o las fábricas, que asfixian y ahogan. Recordemos que Atenas claudicó ante Esparta en la Guerra del Peloponeso a causa de la peste que dentro de los muros diezmaba a los atenienses, o en Valencia las murallas que rodeaban la ciudad se derribaron por cuestiones de salubridad… Los muros protectores se transforman en aquello que nos daña al enclaustrarnos. Y estos muros, en no pocas ocasiones, no existen más allá de nuestros pensamientos.
¿Qué habita tras esos muros? De ello nos habla este poemario. Estructurado en una única parte con un poema-epílogo, que bien podría haber sido el exordio de este libro, José Ramón Cervera se ha adentrado en un entorno rural amenazado por esos muros, extrarradios de las ciudades que avanzan asolando el campo. No se trata de un elogio de la naturaleza salvaje y agitada, sublime del romanticismo, ni es una naturaleza espiritual refugio contemplativo como un locus amoenus, sino que este poemario hunde sus raíces en las entrañas de una tierra que ha sustentado a las distintas civilizaciones. Quizá enlace con Thoreau, uno de cuyos versos abre el poemario, tras los versos de Hesíodo, en la contraposición entre la pureza de la naturaleza frente a la corrupción de la vida urbana e industrial, mostrando una posición crítica hacia el progreso entendido como alejamiento de la tierra y pérdida del sentido primigenio. Traduce en términos poéticos ese enfrentamiento entre Aristóteles y su defensa del estado de naturaleza del ser humano y los contractualistas como Hobbes, Locke y Rousseau y su posicionamiento racionalista sobre el origen del estado en un intento de sobrepasar ambas posturas para armonizar ese mundo rural habitado con un mundo urbano. Propone superar las contradicciones entre lo individual y en una sociedad colectiva, para recuperar la eticidad de lo comunitario. Porque el ser humano se siente alienado, indefenso en una construcción que, aunque surgida de su mano, parece volverse contra él, así en “Nos fuimos”:
Nos fuimos a aturdirnos de asfalto y de insomnio,
a domesticarnos bajo los focos de las fábricas
para que nuestros hijos enfermaran de cielos invisibles.
Nos encerramos en establos donde no hay calor de cuadra,
donde se es un extraño, un mamífero sórdido.
Desde las enormes extensiones sacudidas por el sol,
desde lo más hondo, debajo de las raíces de la encina,
pido una lluvia que reparta su regalo
de una humanidad por fin resucitada allí de donde emergió,
en este paraíso que abandonamos,
el lugar exacto entre el bosque y las murallas.
Parece que no hayamos sido expulsados del paraíso, sino que lo hemos abandonado para irnos a las ciudades, intramuros.
Los primeros poemas se refieren al “Olivo”, nueve poemas que recorren el valor y simbología en distintas culturas de los olivos y el aceite, base de la dieta mediterránea, fuente de luz, símbolo de paz y sabiduría:
La oración atendida es el aceite
el de la unción y las bendiciones,
el que limpia los paladares y desvela
los recónditos sabores de los alimentos.
Se refiere, por supuesto, en un poema al mito fundacional de Atenas, cuando Atenea le entregó a la ciudad el olivo que hay en la Acrópolis y cuyos beneficios los atenienses consideraron mejores que el caballo de Poseidón.
Después es el esparto, esa fibra con la que desde antiguo se elaboran cestas, alpargatas, sogas… siendo enseña del trabajo artesanal. Aprovecha el autor para deslizar sutiles críticas al abuso del plástico. Frente a lo natural, lo artificial: Nadie pensaba en un futuro de plástico... Después el grillo, tejas, icnitas, árbol, bardos, almendro, barranco… donde la humildad y fuerza de la naturaleza brotan, una naturaleza que sobrevive al ser humano, mucho más eterna, más férrea en su constancia.
Según nos acercamos al final del poemario, los poemas se alejan del entorno rural para aproximarse al mundo urbano, por ejemplo, en “Cárceles” leemos:
Nada disculpa a estas afueras tan parecidas al dentro.
Nada disculpa a este dentro calcado de las afueras.
Es necesaria una escapada universal.
La gran fuga sin libertades condicionales.
Una huida hacia el regreso.
Concluyendo con “La vieja casa (intramuros)”, donde se manifiesta en su completitud los muros inmateriales construimos y que nos retienen dentro de nosotros mismos: El que nunca fui me tiene retenido. Somos una vieja casa que recorremos como fantasmas sin encontrarnos. El extrañamiento del ser humano es ahora absoluto, pero Vivo en otra casa, en otra alma, no hay que perder la esperanza.
Por último, el epílogo es un “Recuerdo del primer libro”, donde acontece el hallazgo, el prodigio, la palabra que fue muro, refugio y ahora le permite salir extramuros, la poesía que todo los transustancia.
Este poemario, es una exploración y un encuentro con ese mundo rural que habita extramuros y del que nos hemos alejado. Con un estilo simbólico y un marcado carácter filosófico donde lo rural es verdad ontológica, a la manera de Claudio Rodríguez, de cadencia melodiosa y un lenguaje depurado y evocador, Extramuros es un libro necesario. Por su honestidad, por la mirada honda con la que interpela al lector, por su forma de enraizarse en lo simbólico sin renunciar a lo concreto. José Ramón Cervera demuestra en este poemario una madurez expresiva poco común, un conocimiento profundo de la tradición poética y un compromiso ético. En definitiva, Extramuros no es solo una geografía, sino una forma de mirar: un espacio en el que se cruzan la memoria, la intemperie, la naturaleza y la palabra. Un libro que nos invita a salir de lo establecido, a reencontrarnos con lo esencial y a repensar nuestros propios muros. Que cada lector halle, en esta travesía poética, su propia forma de regreso.

Patricia Crespo (Valencia). Ha publicado los poemarios Erosgrafías (2018), Cantos de la desesperanza (2020), y Manifiesto de incertidumbre (OléLibros, 2022). Ha publicado su poesía en diversas revistas nacionales e internacionales como Salmacis, Parnaso, Pluvia o Letras indelebles, así como sus poemas y relatos han sido recogidos en varias antologías y obras colectivas. Colaboró con el programa radiofónico “Mar de Muses” dedicado a la poesía. Es miembro de la Plataforma de Escritoras del Arco Mediterráneo y de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna Internacional.