Te escribo para cortar contigo. No consigo decírtelo a la cara, nunca se dan las circunstancias y no puedo más. No me busques. No me llames. Evitémonos, por el bien de los dos.
He de confesarte que no fui yo quien te eligió en Tinder: fue mi gato, aprovechando un descuido. Yo nunca te habría escogido. Me resultó repulsivo el lenguaje rancio de tu perfil, imaginé que te criaron tus tatarabuelos. Y esa foto borrosa daba a entender que querías esconder algo.
Yo venía de una relación tempestuosa con un funambulista. Le amaba profundamente, pero quería arrastrarme al vacío. Mi instinto de supervivencia se impuso. Como bailarina, sabes que levanto mucho la pierna, sin embargo, pierdo el equilibrio fácilmente. Si no fuera por la medicación me doblaría como una hoja.
Me intrigó tu propuesta de cita en la librería El barco ebrio. El dueño me cae bien y los habituales son unos inadaptados adorables. ¿Y si tú también eras encantador? ¿Y si resultabas ser un bohemio incomprendido, o incluso un Cyrano de Bergerac, y me perdía enrollarme con un poeta?
Me preocupaba menos que fueras un asesino en serie. Eso lo detecto enseguida: soy intuitiva. Cuando mi tío empezó a matar, lo supe por su mirada. La policía no me hizo caso; el clero no levanta sospechas. Por fin lo detuvieron tras la séptima víctima.
Me senté a la entrada de la librería, cerca de la puerta para salir pitando si no me gustabas. No llevabas una rosa en el ojal, como quedamos, sino un rosal entero, lo que me impidió verte los ojos. Fue tu pelo el que me animó a huir, junto con el crujido de tu traje de cheviot a cada paso que dabas. Creí que eras de plástico.
La mala suerte quiso que tropezara con mi bufanda y acabara en el suelo. Te volviste como Cary Grant en Con la muerte en los talones y me levantaste. Debí decirte lo del gato. Debí decirte que pretendía huir de ti. No pude, opté por ser cortés.
Te pregunté de dónde eras. Sacaste un mapa de España descolorido y me animaste a adivinarlo usando el dedo como puntero, como si fuera el hombre del tiempo. Me disloqué el dedo recorriendo el mapa en círculos y, joder, eras de Madrid.
Luego supe que no cuentas nada personal en la primera cita, por eso solo hacías muecas y decías monosílabos. No pude resistirme y te toqué el pelo. Era un puto empedrado. Te pusiste azul, como siempre que te toco.
Ya nos veremos por ahí, que te vaya muy bien, te dije al despedirnos. Creí que dejé claro que no quería volver a verte.
Al día siguiente estabas en la primera fila del teatro, y yo en el escenario bailando Cancán. Pensé en tirarte encima a mi compañera Rita. Dios me castigó: se me enganchó el tacón en el vestido y me caí. Y otra vez tú, levantándome.
Estuviste encantador dándome aquel masaje en el tobillo; claro que, si no hubieras ido, no me habría caído.
Acepté cenar contigo para decirte que no eras mi tipo. Pediste una zarzaparrilla, como haría un abstemio en el bar de un wéstern. ¡Qué rarito me pareciste! Quizás tú opinaras lo mismo de mí al verme tomarme un güisqui doble con los analgésicos.
La cosa empeoró cuando colocaste el mantel milimétricamente, limpiaste los cubiertos y doblaste las servilletas en forma de búhos ciegos.
Y yo frente a ti, con una coleta más alta que la otra y un ojo de cada color. Tuve que emborracharme para decirte lo del gato. No lo hice.
Desperté en tu enorme cama gris, vestida con tu pijama gris. Mientras tú me preparabas el desayuno, yo hui. Desde entonces vuelves al teatro noche sí, noche también. Y siempre que apareces, me pasa alguna desgracia.
Lo peor fue cuando te dejé entrar en mi casa. Con esa manía tuya de llenarme la nevera y de ordenarlo todo. ¿No te das cuenta de que no encuentro nada si lo metes en los cajones?
La gota que colmó el vaso fue el regalo que me enviaste ayer. ¡Puto maniático! No necesito un microondas ni un centro de planchado y menos un peine.
Ya sabes lo del gato, lo de la librería, todo lo que odio de ti.
Aléjate de mí, porque voy a creer que hasta te quiero un poco.
Te deseo lo mejor.
Tu Eulalia
Atalanta