Bajó las cajas de cartón que abarrotaban la plataforma de carga de la camioneta y lo
intentó de nuevo. No había logrado acoplar todos los bultos al primer intento, así que
probó cambiando la disposición de los mismos. Al fondo, cerca del cristal posterior de
la cabina, situó las cajas mal cerradas, por cuyos lomos arqueados asomaban piezas de
loza, rieles de cortina y prendas de ropa que no le pertenecían. Después, ubicó las de
tamaño medio hasta cubrir más de la mitad de la superficie.
Cuando se sintió aburrido y cansado de aquella tarea se acomodó en el extremo de la
plataforma, con las piernas colgando, y examinó el equipaje que se amontonaba en el
suelo cerca de sus pies y el par de jaulones de caña y alambre, donde zureaban excitadas
las palomas que se estrujaban dentro, una veintena de metros más allá, en el umbral de
la casa cerrada a cal y canto.
Saltó del vehículo y enfiló el camino de tierra que ascendía en zigzag desde el llano
pelado donde estaba hasta concluir bruscamente en los aledaños de la fachada, cubierta
de manchas de humedad, de la vivienda de su casera.
Al pasar frente a la zanja que había excavado el día anterior se paró un momento y
comprobó de nuevo, a la luz menguante del atardecer, que el hoyo tenía una
profundidad aceptable. Después, mandó de un puntapié al fondo del agujero la pala que
dejó clavada en el borde tras concluir la tarea.
La puerta estaba abierta, como de costumbre. Entró sin llamar.
— ¡Val! —gritó el nombre de su casera. Siguió llamándola mientras avanzaba por el
estrecho pasillo que se hundía en el vientre de la casa.
—¡Val! —repitió el grito. Oyó cómo se apagaba la sintonía metálica procedente de
un aparato de radio.
—Entra. No es necesario que sigas buscando. Estoy donde acostumbro. —respondió
la casera con voz cavernosa.
Val permanecía recostada en un sofá pegado contra la pared. Era una mujer
extremadamente delgada. Tenía la nariz y la boca cubiertas con una mascarilla que le
suministraba oxigeno de manera continua, mediante una sucesión de sonidos regulares
que recordaban los ecos de un disparo.
Llevaba el pelo recogido en una estrecha trenza y una chaqueta corta de punto,
cruzada sobre un camisón blanco lleno de lamparones que permitía entrever los
famélicos contornos de su figura.
—Aquí dejo las llaves y el dinero acordado. He cerrado bien la casa y dentro todo
queda como debe estar —dijo el hombre. Depositó un juego de llaves y unos cuantos
billetes sobre una mesa, ocupada en un extremo por un terrario, donde un par de
tortugas cabeceaban en la superficie de un líquido cenagoso.
— Bien, bien —respondió la casera, que se había colocado la mascarilla sobre la
frente.
Luego, añadió con suspicacia:
—Dime, Marc, ¿lo has solucionado?
Marc se encogió de hombros y miró el paisaje que se extendía como un paño sucio
detrás del marco astillado de la única ventana de la estancia. Desde ese punto de
observación tenía una perspectiva nítida de la camioneta con la plataforma de carga
medio llena, de los otros bultos de los que debía encargarse plantados en el suelo, de los
parterres con los restos de nieve caída la noche anterior, de parte de los jaulones de las
palomas y de la planta superior de la casa que estaba abandonando.
—Sé que eres una persona de principios, pero quiero que me saques de dudas. ¿Lo
has solucionado? —Val repitió la pregunta con una voz a la que le faltaba el resuello.
—Las cosas van a ir bien ahora —respondió Marc de mala gana.
La casera miró por la misma ventana de Marc y negó con la cabeza, como si hubiera
fracasado en el intento de impedir que escapara algo de ambos por el aire.
—Me caía bien tu chica, pero aun así no tienes por qué marcharte —señaló Val—,
aunque si lo has decidido no quiero que me dejes aquí los pájaros. Bastante tengo con
tener que moverme para alimentar a esas asquerosas —señaló la mesa donde nadaban
las tortugas.
Marc y su mujer, Elisa, habían alquilado la casa a Val tres años antes, en un período
dulce en el que compartían las mismas opiniones sobre casi todas las cosas. Ninguno de
los dos tenía a nadie que les importara de verdad en ningún sitio, así que eligieron aquel
lugar aislado del resto del mundo por una cuestión práctica relacionada con el dinero.
Cuando descubrieron que la vida real les estaba dejando al margen, se hizo pedazos
el punto de equilibrio que les había sostenido. Las incógnitas que flotaban detrás de
cada conversación que mantenían les llevaron a admitir finalmente que no tenían nada
que decirse. Se dieron la espalda y se adentraron en un pasaje individual en el que se
barajaron otras expectativas. Elisa comenzó a desaparecer: no daba señales de vida
durante horas; pero a pesar de todo la relación siguió adelante porque ninguno de los
dos hubiera aceptado dar el primer paso para admitir el fracaso.
En las manos de Marc cayó un día, de manera fortuita, un catálogo que trataba de la
cría de palomas. Con el permiso de Val, construyó en el piso superior de la casa un
recinto de alambre y madera e intentó su reproducción. No se le dio mal. Por tanto,
continuó con esa actividad dedicándole cada vez más tiempo. Le gustaba sentir en la
lengua el picoteo de los pichones mientras tragaban la papilla de mijo y huevo cocido
que previamente él había masticado y gozaba contemplando cómo, cercanos a la edad
adulta, ensayaban los primeros vuelos describiendo círculos cada vez más amplios,
como si comprendieran que mantenerse en el aire debía ser su único propósito.
—No va a tener que ocuparse de ellas, Val. Ya las he empaquetado —dijo Marc con
voz firme, refiriéndose a las palomas.
—No debes alterarte cuando hablas conmigo. —respondió Val, y le lanzó una cínica
sonrisa. Se levantó con dificultad y encendió la colilla de un cigarrillo que había
seleccionado del cenicero atestado. —Y, por cierto, —añadió—, espero que no dejes
atrás nada que te importe.
Siguió un lánguido silencio. Marc observó el perfil de Val mientras esta, con la
cabeza girada hacia la ventana, le expuso de golpe, como si se le acabara de ocurrir:
—Desde aquí veo todo lo que pasa.
La casera y Marc se sostuvieron la mirada unos instantes después de esa revelación.
De nuevo en la explanada, Marc arrastró los jaulones sobre los restos de nieve sucia
hasta introducirlos en la zanja que había excavado antes de irse a dormir la noche
anterior. De rodillas, observó el aleteo de las aves, que se habían apilado en racimos
frenéticos, agobiadas por la falta de espacio y la sensación de peligro. Luego, cogió la
pala y comenzó a cubrir los jaulones con la tierra compacta que arrancaba del suelo
helado. Las palomas gorjearon y se revolvieron furiosas bajo los grumos oscuros hasta
quedar sepultadas. Entonces, Marc golpeó varias veces la superficie de la zanja y la pala
se impregnó de una espesa jalea roja.
Cuando se recuperó del esfuerzo fue hasta la camioneta y comenzó a subir los bultos
que aún estaban en el suelo.
Allí arriba, junto a la ventana, Val le dijo adiós.