Presentamos el relato Blanco: Venus, finalista en el X Concurso de Cuentos Cortos Madrid Sky.

Blanco Venus

Mafer Valdez

Siguió el movimiento de sus labios y adivinó las palabras. Sintió un leve cosquilleo en la espina, pero igualmente continuó con la tarea. La mujer se encontraba en la terraza del bar del hotel junto a ese hombre que no sabía bien quién era, pero poco importaba. Al fin y al cabo, él no era su blanco.

Miró las azoteas aledañas. La geografía chata colaboraba con sus planes. Repasó lo estudiado tantas veces. Cuando se levantara y enfilara hacia la entrada. Ahí era el lugar preciso. Un par de porteros de levita abriéndole las dos hojas del enorme portón de hierro y vidrio repartido. Un solo disparo limpio y certero en la frente.

La mujer sonreía y tomaba con dulzura la mano del hombre. Hablaba animadamente, parecía feliz. «Parece feliz», pensó mientras giraba su gorra poniendo la visera en su nuca para darle un poco de sombra. El sol pegaba fuerte y la brea de la azotea en la que se encontraba agazapado parecía derretirse. Sintió una gota de sudor resbalándole por la espalda, la frente empapada. Sacó un pañuelo y se la secó; también se refregó la nuca buscando un poco de confort. Apoyó el ojo derecho en la mira y cerró el izquierdo. «Sí, parece feliz».

Observó el reloj, se acercaba el mediodía. Según lo que le había revelado su fuente, la reunión no duraría mucho más allá de las 12 pm. Quitó el ojo de la mira y bajó el arma. Hubiese preferido no saber leer los labios, no saber lo que esa mujer guardaba para sí. Era un trabajo más y él, el mejor en lo suyo. 

Había recibido el mensaje de contacto unas semanas antes. Un llamado desde un número desconocido que le ofrecía un negocio por una suma más que tentadora, viáticos y estadía pagos. Además, unos días en Florencia siempre eran bienvenidos. 

Miró nuevamente por el objetivo. La joven aparecía luminosa bajo la cruz de la mira. Su rostro de medalla le recordaba a la Venus de Botticelli, esa que el día anterior había visto en la Galleria degli Uffizi. La brisa del verano le revolvía apenas los rizos color canela. Tenía la belleza de quien se sabe pleno. Parecía feliz.

Mauro bajó el arma, se acomodó los guantes y la gorra antes de pispiar nuevamente su reloj. Las doce en punto. Volvió a secarse la frente y manoteó la botella de agua mineral apoyada en el piso. Sintió las suelas de sus borceguíes ceder bajo la brea recalcitrada y levantó alternadamente un pie y el otro, varias veces, buscando despegarse por completo, sobre todo de la imagen de la mujer que parecía feliz.

Recapituló los pasos a seguir: un disparo, abandonar el arma, saltar a la azotea colindante y luego tres más, bajar por las escaleras rumbo a la vía Condotta, luego hasta la Piazza della Signoria y de ahí a la estación de bus. Todo cronometrado y sin complicaciones. Luego volvería a casa a conocer al pequeño Bruno, nacido hacía pocos días.

Mauro tomó el arma y aguardó unos instantes más. La Venus de Botticelli por fin se levantó y buscó su destino. Caminó feliz hasta la entrada del hotel Antico y dejó que le abrieran las puertas y la frente en un solo ademán. Sintió un apagón. Nada más.

El hombre que la acompañaba cayó de rodillas pidiendo auxilio, mientras la gente se agolpaba en derredor; miró a Venus, los hilos de sangre y de materia encefálica desparramándose sobre la acera. Le recordaba el cuadro de Medusa de Caravaggio que estaba en los Uffizi.
El mediodía florentino le pesaba en las sienes. Mauro alcanzó la piazza della Stazione y tomó el bus que lo llevaba a Torino. Escribió en un móvil el mensaje «objetivos alcanzados» y arrojó el teléfono por la ventanilla justo cuando el bus cruzaba el río Arno. Unos cuantos kilómetros después, se quedó dormido. Soñó que la joven se parecía a la Madonna del Parto de Piero della Francesca.


6 comentario en “Blanco: Venus”
  1. Un relato que, como un disparo, no se olvida. Esa observación de la naturaleza humana que nos despieza, me fascina. Hermoso Mafer, felicitaciones.

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