En mi tribu nunca llegamos a comer peces, aunque ahora sé que el mar está a pocos kilómetros de la cueva. Harton el Loco, día sí y día también, venía con el cuento de la existencia de un manto azul en el que había seres viscosos. Nadie le creyó. Es lo malo que tiene ser un neandertal en una tribu de sapiens. La historia habla de nosotros como cazadores recolectores, a lo que habría que añadir “y el Loco que creyó ver el mar”.
Éramos unos treinta entre hombres, mujeres y niños. Los hombres tenían la tarea de cazar. Yo me iba con ellos. No estaba bien visto que las hembras fueran a cazar con los hombres, pero papá convencía a cualquiera cuando subía y bajaba el enorme hueso que le sobresalía por encima de las cejas. En teoría papá era un sapiens. Con los años descubrí que no: era neandertal de los pies a la cabeza. Papá no solo asustaba al resto de los miembros de la tribu, los bisontes y los ciervos caían a sus pies cuando emitía un gruñido.
No he vuelto a probar el bisonte, ni el ciervo, ni el caballo, ahora se comen otras cosas, ayer sin ir más lejos me metí un potaje de bacalao entre pecho y espalda. En el siglo XXI ni se caza ni leches, vas al hipermercado y hay de todo. Suelo comer lo que robo en la cocina del restaurante de la neocueva, lo siento porque la cocinera se va a dar de baja pensando que está perdiendo la cabeza cuando le desaparecen las raciones.
He encontrado un cuartito al lado de los servicios donde nadie me molesta.
Por las noches, cuando se van los visitantes y los empleados del museo, doy un paseo hasta la entrada de la cueva. Cierro los ojos e imagino que estoy rodeada de los míos. Escucho las historias acerca del mamut que vive más al norte y aprendo con Aadon a preparar pigmentos machacando tierra roja y piedras negras, mientras mi madre me peina y mi padre perfecciona sus herramientas de caza.
Durante el día me divierto mucho con lo que cuentan los guías de nosotros. Dicen que éramos colaborativos. Ni de coña. Había muchas envidias y suspicacias. Las peleas eran el pan nuestro de cada día, y papá siempre ganaba, por su fuerza y porque sabía predecir las tormentas: le latía el entrecejo como un flan.
Hacía mucho frio, pero yo no tenía problema, papá traía montones de pieles, mamá era diseñadora. Me hacía unos abrigos de bisonte con manoletinas de ciervo a juego que quitaban el hipo.
Mi madre se llevaba bien con todo el mundo salvo con Sorraá, una neandertala que estaba loquita por mi padre. Recuerdo con tristeza las ojeras que le salieron a mamá en aquellos días, que ni la vejiga de bisonte albino conseguía quitarle. No dormía vigilando a la Sorraá desde que la pilló chupándole el dedo gordo del pie a mi padre.
Al final la Sorraá y mamá decidieron intercambiarse los maridos y todos parecían más felices. Todos menos yo. Mi nuevo papá era Aadon y no me dejaba ir a cazar.
Decidí seguir los pasos de mi madre, pero la moda se me daba de pena, así que en plena adolescencia me pasaba todo el día tumbada a la bartola, sin ganas de hacer nada y añorando a mi papi.
Me llevaron a la consulta de la chamana, me recetó unas hierbas que hacían que por las noches empezara a ver bisontes y ciervos.
Le pedí a Aadon que me enseñara a formar los pigmentos y empecé a pintar, y ese se ha convertido en mi oficio. Llevo 14.000 años haciéndolo, aunque han ido cambiando los motivos, ahora pinto anuncios de platos de comida preparada para los restaurantes de la zona en los lienzos que me dejan en el cuartito. Lo hacía en la cueva al lado de los bisontes, pero me lo borraban todo, ya no se lleva eso de pintar en las paredes.
Atalanta.
