Por Paloma Ulloa
El desván de las musas dormidas: el río de la nostalgia de Fulgencio Argüelles que, de la mano de Acantilado, nos lleva a navegar sobre los recuerdos de una infancia cargada de amor, palabras maravillosas y pérdidas.
Hay libros que, por la belleza, la musicalidad y el fraseo del texto, se paladean mejor leyéndolos en voz alta y, El desván de las musas dormidas, de Fulgencio Argüelles (Acantilado), es uno de ellos.
Dividido en tres partes que podrían identificarse con la primera infancia, el momento de la separación del niño que debe ir a un internado y el desenlace que precipita al protagonista hacia la madurez, esta obra no es un texto sobre el recuerdo, es la memoria de los sótanos escondidos donde huele a polvo de desván. Es un río emocional, bellísimo y poético, que describe ese periodo sagrado entre la admiración y el descubrimiento, en una época en la que los relojes medían la vida a otro ritmo.
La forma de narrar del autor envuelve al lector en la crisálida de sus recuerdos, lo que provoca una intimidad entre quien escribe y quien lee que se da en muy pocas ocasiones. De sus páginas se deshojan frases y párrafos memorables, florecen las palabras del asombro cosechadas en un cuaderno azul en el que el niño-autor fue coleccionando, bajo la mirada atenta y soñadora del padre, el acervo de los sueños abandonados por éste.

Esta obra es un enorme monumento al amor, al amor a la figura titánica del padre que va reduciéndose en el horizonte de los días, encogido por el dolor; al amor a la lengua, al conocimiento, a la madre pragmática y a la abuela, concreta y segura, que un día fue secuestrada por un hombre para que dirigiera su casa de viudo.
Los personajes secundarios que pueblan la novela poseen una profundidad y un volumen que los hace tangibles, humanos, poliédricos en sus incoherencias y debilidades, en su estar en la vida de este niño que todo lo ve y lo aprende: El molinero lector; el falangista; el cura; el niño que siempre tiene la culpa de todo. A través de ellos comprendemos que Recordar sin nombres es atender a los rostros, a la piel desnuda. De ese modo es más fácil penetrar en sus emociones, oír sus voces, verlos moviéndose a la sombra del chigre, del hórreo, de la iglesia que no es iglesia, del río que se lleva lo que nadie quiere, de la mina de carbón, de la casa de los ingenieros.
Se pueden decir muchas cosas y se pueden decir muy bien, pero pocas veces se dicen con esta maestría: Buscaba mariposas, pero me daba miedo atraparlas, porque mi padre me había contado que las mariposas recogían el sonido de las palabras que nadie había podido escuchar, y aquello era a la vez leyenda, magia y superstición, así que atrapar una mariposa era como detener el vuelo de las palabras perdidas.
Confieso que, leyendo estas páginas, me he conmovido hasta los huesos y me he detenido para repetir en voz alta frases como esta: Los colores se esfumaron en el crecimiento de la luz de la nostalgia. Y he sentido el crujido del alma del niño que habla, cuando la infancia se quiebra y comienza a surgir la mirada crítica, cristalizada en estas palabras: Salir de la infancia fue como dejar olvidada la maleta en el portaequipajes de un tren.
El dolor de derribar al padre del altar de la sabiduría, de descubrirlo humano y falible, deja cicatrices imborrables en el alma, y Argüelles, para hacernos sentir la medida de su dolor de hijo, tal vez desde el atril del psicólogo adulto que narra su pasado, dice: Mi padre conseguía sobrevivir al fracaso una y otra vez perdonándose a sí mismo por haber sido tan pusilánime en lo referido a su vocación. Pero ese padre, maestro clandestino y lavador de carbón, también era viento que iba y venía, era una ola gigante que se extendía, era nieve que caía y lo llenaba todo y moría, era luna que alumbraba para reventar la tierra, era niebla para ocultar o luz que ponía al mundo en evidencia.
No sé por qué no había conocido antes a este escritor extraordinario, tal vez me quedó oculto por las oleadas inagotables de nuevos títulos que anegan diariamente las mesas de novedades de las librerías y las páginas culturales de los periódicos, las revistas y las Redes Sociales. Pero ahora sé que será un autor que me acompañe siempre y al que seguiré conociendo, línea a línea, durante mucho tiempo.
El desván de las musas dormidas, de Fulgencio Argüelles, editado por Acantilado, merece una lectura lenta e íntima. Merece un hueco destacado en el corazón de nuestras bibliotecas.

Paloma Ulloa (Yverdon les Bains, Suiza, 1968). Escritora precoz, publicó su primera obra infantil en 1989.
Es autora de los libros: «Madrid al detalle: la aventura de mirar hacia arriba» (Ed. Complutense), Las adivinanzas del Rey del Mar, Madrid, cuaderno de viaje, Postales en el tiempo, Las novias de Travolta, pel, papel y tinta (Talentura, 2016).
IBajo el seudónimo Katja Cléver, ha publicado la serie infantil Manuela, compuesta de seis volúmenes bilingües (Español-Inglés).
Su última publicación hasta la fecha ha sido la novela “El hierro de tu piel” (Talentura, 2021)
