Sayeh Somayeh Sabokbar es poeta, escritora, artista visual e investigadora iraní afincada en Barcelona. Nació en la provincia de Kermanshah en Irán. Es doctora en Arte y Humanidades por la Universitat Pompeu Fabra, y su trabajo se desarrolla en la intersección entre la poesía, las artes visuales, la narrativa gráfica y la investigación académica.

Ha publicado los libros Shadows (2018), Koala (2019), Una nueva mirada al arte de la época Qajar sobre la base de la expresión de sentimientos de la teoría de Collingwood (2018) y El color del género (2020, junto con Gustavo Martín).

Es también autora de la novela gráfica 23 horas más 60 minutos en la calle (ECC Ediciones, Barcelona, 2022), una historia ilustrada que propone una mirada distinta al Covid-19. En esta novela, seguimos a un adolescente. Observamos los eventos que le rodearon durante la pandemia.

Su obra poética nace del diálogo entre la memoria colectiva y el encuentro de Oriente con Occidente. En sus poemas, las imágenes y los símbolos ocupan un lugar central para explorar la identidad, el cuerpo, la memoria, la espiritualidad y la experiencia femenina, siempre en diálogo con la condición humana.

23 horas más 60 minutos

Sayeh Somayeh Sabokbar

ECC ED.

2022

ISBN:978-84-19428-70-7

La luna sin cuna

¿Cuándo podrán dormir en paz las madres de Oriente Medio?
La noche en que la luna deje de oler a pólvora.
La noche en que las cunas se mezan con el viento
y no con el temblor de la tierra.
La noche en que los pájaros
vuelvan a pronunciar los nombres de los hijos,
y no las sirenas.
Las madres de Oriente Medio dormirán
cuando el pan
deje de ser más rojo que el amanecer.
Cuando los olivos
solo aprendan el lenguaje de los frutos
y no el de las cenizas.
Cuando los zapatos pequeños
permanezcan junto a la puerta,
sin que el miedo les robe el regreso.
Entonces el viento
devolverá las nanas perdidas
de montaña en montaña,
de casa en casa.
Y quizá,
solo quizá,
hasta Dios
cerrará los ojos
sin lágrimas.
La raíz de la luz

Algunos días cavo un pozo en lo más hondo de mí,
no para encontrar la oscuridad,
sino para llegar a la raíz de una luz
que todavía pronuncia mi nombre.
Quizá allí,
bajo las capas silenciosas del olvido,
duerma un manantial
que nunca bebió de la sed del mundo.
Hundo la mano en el silencio
y cada vez, en lugar de una piedra,
rescato un fragmento del cielo que perdí.
Entonces comprendo
que la claridad
no llega desde el horizonte; desde hace años,
en la habitación más oscura del alma,
una lámpara sin voz
espera pacientemente
a que mis ojos vuelvan a abrirse.
Ilustración de 23 horas más 60 minutos en la calle – Sayeh Somayeh Sabokbar
La piedra en la boca

Quién le puso cadenas a la uva
cuando todavía olía a madrugada?
La vid levantaba en silencio
sus dedos verdes hacia la luz,
y nadie hablaba de culpa.
Pero el racimo aprendió el idioma de las manos
y el vino heredó
el miedo de los hombres.
No fue el fruto.
Fue la sombra
la que cayó primero dentro de la copa.
Hay pueblos
que caminan con una llave oxidada
buscando un jardín detrás del horizonte,
mientras bajo sus costillas
duerme un huerto sin nombre.
El paraíso
no llega después del último aliento.
Respira ahora,
como un caballo blanco
encerrado en la sangre.
Y el vino...
el vino no nace de la uva.
Nace cuando el corazón
se atreve a romper
la piedra que lleva en la boca.
Sólo entonces
la copa deja de ser un juicio
y vuelve a ser
un pequeño río
donde el cielo aprende
el sabor de la tierra.
La tierra que no olvida
No olvido٫ no porque la memoria sea fuerte,
porque las heridas
siguen caminando por las calles.
No olvido;
porque el olvido,
para una tierra que esconde sus huesos
bajo las alfombras de sus casas,
es una palabra extranjera.
Esta tierra
ha llorado tanto que la lluvia
ya no recuerda su propio nombre.
Y esta tela blanca
no es el sudario de nadie;
es apenas un fragmento de nuestro tiempo,
heredero del polvo.
Dicen que el tiempo pasa.
Pero ¿adónde va el tiempo
cuando cada mañana
se levanta de las mismas ruinas
con un rostro distinto?
No olvido.
Porque la tristeza
no es un pájaro que emigra;
la tristeza
pone sus huevos en los muros.
Número desconocido

Soy yo, en un sueño de pie
que huele a plástico calentado por el sol.
No estoy muerta,
ni estoy viva.
Como un número tachado de una hoja
que, sin embargo, aún deja su sombra
sobre la mesa.
Mi cuerpo
se arruga dentro de esa oscuridad,
sin nombre,
sin que nadie sepa
cuál fue su último pensamiento.
Y el aire...El aire se convierte de pronto
en un lujo,
como una ventana
en una ciudad que ya no existe.
Se me cierra la garganta,
no por la muerte,
sino al imaginar una boca
negociando con el mundo
por un instante más de aliento.
Al imaginar unos ojos
apagándose desde dentro,
como una habitación
a la que le han cortado la electricidad.
Y entonces pienso en mí.
En que quizá, ahora mismo,
en alguna curva oscura del tiempo,
ya estoy tendida dentro de esa bolsa negra
y todavía creo
que sigo viviendo.
Qué poca distancia hay
entre una persona
y un bulto sin nombre
abandonado en algún rincón.
Ilustración de 23 horas más 60 minutos en la calle – Sayeh Somayeh Sabokbar
El pájaro dentro del pulmón

La muerte no siempre está al otro lado de la tierra;
a veces anida en los pulmones,
y cada respiración despierta un pájaro herido en el pecho.
Más difícil que morir
es seguir viviendo en el crepúsculo interminable de una misma;
cuando han enterrado tus sentimientos en un cementerio sin nombre,
cuando la lámpara del alma,
sin que sople ningún viento,
se ha apagado.
Y el cuerpo, esta casa cansada y agrietada,
carga sobre sus hombros el peso de ser mujer;
el peso de lo amor inconcluso,
el peso de las lágrimas que jamás tuvieron la oportunidad de caer.
Entonces uno ni vive ni muere;
tan solo vaga por las calles oscuras de su propio corazón,
y respira,
lentamente,
la muerte.