Iván Gonzalo Rodríguez (Madrid, 1991) es poeta, crítico y antólogo. Formado inicialmente en Comercio Internacional, Transporte y Logística, actualmente cursa estudios de Filosofía en la UNED y un Máster en Strategic Business Analytics en EAE Business School, formación que ha ampliado con estudios en pensamiento político, teología y geoestrategia.

            Su obra poética ha sido incluida en diversas antologías, entre ellas 24 poetas tímidos (Amargord, 2013), Madrid en trazo y verso (Séxtasis Ediciones, 2017) y 54 poetas que corrieron la maratón de Chicago (Ars Poética, 2018), así como en publicaciones literarias como Canibalismos, Maremágnum, Pineal Magazine, Santa Rabia Poetry y Casapaís. Ha obtenido distintos reconocimientos en certámenes literarios y ha colaborado con medios y revistas especializadas como Licencia poética, Oculta Lit, Ariadna R-C y Philobiblion. Revista de Literaturas Hispánicas.

            Como antólogo y editor, preparó Luz Violenta. Antología poética 1998-2021, de Jesús Urceloy, publicada por Reino de Cordelia en 2021.

Soliloquio de Gestas

Escuchad esto, ya que os habéis parado a mirar.
Llevo nueve horas aprendiendo el oficio de morir
y todavía no he encontrado la postura.

Aquí arriba no hay nombres. Hay tres números
y un soldado que sortea la ropa
y que ha bebido lo justo para no mirarnos la cara.
A mí me llamaron de otra manera en una casa
que ya no existe, en un pueblo que ya no existe,
y esa palabra se acabó con la mujer que la decía.

Al principio conté las piedras del camino,
los dientes que me quedan, siete abajo, cuatro arriba.
Después ya no cuentas. Después solo hay dos movimientos:
subir por el clavo para robar aire,
bajar por el clavo para pagarlo.
Sube. Baja. Sube.
Ese es el ritmo del mundo

y lo demás son himnos que cantan los que están de pie.

El hombro izquierdo se me salió a la sexta hora.
Hizo un ruido de puerta vieja y después ya no dolió.
Tengo el látigo escrito en la espalda
y la madera se ha bebido lo que goteaba,
y en las heridas de arriba las moscas ya han puesto lo suyo.
Se te posan también en los párpados
y no puedes, no puedes levantar la mano, no puedes.
Yo estoy vivo y ellas ya trabajan.
Nadie os cuenta
que la muerte se instala a media tarde
y empieza a comer
mientras tú todavía tienes opiniones.

Me he cagado encima dos veces. Me he meado siete.
Lo digo
porque durante mil años vais a pintarme
con un paño limpio en la cintura
y quiero que sepáis a qué huele vuestra salvación.

Aquí abajo hay tres perros esperando
y un niño que ha traído a su hermana a vernos
y le señala mis pies con el dedo, riéndose,
como se señala una lagartija clavada en una tapia.

Y yo los conozco.

Cuando enterramos a mi madre la tierra estaba dura
como el suelo de un horno. Cavamos lo que pudimos.
Ella pesaba menos que el saco de grano que robé por ella,
tenía la boca abierta y no supe cerrársela,
y la tapamos con cuatro dedos de polvo y unas piedras.


Esa noche los oí.
Salí con un palo y les grité y volvieron.
Volvieron cuatro veces y a la quinta me senté en el suelo
y dejé de gritar.
No había otra cosa que hacer.

Perdonad. Me he ido.
Pasa eso: se sube por el clavo, vuelve el aire,
y con el aire vuelve mi madre.

Y este de aquí al lado, perdonando.
Ese soldado de ahí lleva quince años en el oficio.
Sabe cuántos golpes de mazo hacen falta.
Sabe ponerte el clavo en la muñeca y no en la palma
porque en la palma la carne se rompe y te caes,
y eso es saber,
y luego se va a cenar y se ríe y quiere a alguien.

No pido el reino. No pido la gloria. Pido los clavos.
Le dije: si eres eso que dicen, haz una sola cosa,
una, pequeña: quita los clavos.
Y siguió siendo bueno mientras no hacía nada,
y os habéis pasado dos mil años
llamándome ladrón por haber notado la diferencia.

El otro, el de mi izquierda, el que se arrepintió,
tenía miedo.
Yo lo conocía de las celdas de abajo.
Me contó lo que le hizo a un viejo
por una bolsa de plata y me pidió que no lo repitiera,
y no lo he repetido, ni ahora,
ni cuando me pegaron.
Me lo contó riéndose bajito, en la oscuridad,
con esa voz que ponen los hombres cuando cuentan lo peor
para ver si el otro los sigue queriendo.

Y hoy ha dicho seis palabras
y se ha ido al paraíso. Con la lengua negra.
Es verdad. Robé grano
del almacén del recaudador el año que se secó el pozo.
Mi madre se comía la mitad de su parte
y me dejaba la otra mitad en el cuenco
diciendo que ya había comido, que no tenía hambre,
y yo, que tenía nueve años, me lo creía.
Se murió pesando lo que pesa un perro.
Tenía las manos agrietadas
y olía a leña,
y no le escribió nadie un libro.

A la hora novena se hizo de noche a mediodía.
Se levantó un viento sucio y la gente empezó a irse.
Miré hacia él una última vez.
Tenía la boca abierta. Estaba solo.
Y gritó. Gritó como grito yo. Como gritamos todos
descubriendo a los treinta y tres años
lo que sabe cualquier hijo de esclava a los seis.

El cielo es exactamente esto,
un techo de piedra sobre un hombre que empuja con los pies.

Cuando se le fue la cabeza hacia delante
y ese cuerpo dejó de pelear por el aire,
empujé con los pies.

Me subí. Me abrí el pecho contra el hierro
para verle la cara una vez más.
Pagué el precio entero por un segundo de aire
solo para mirar a un hombre muerto.

Y no fue por Dios.
Fue porque estaba solo, y él también,
y en toda mi vida nadie me había esperado en ningún sitio,
y aquella tarde, por un momento, éramos dos
colgando del mismo silencio.

Ya vienen.

Madre, si es verdad que no tenías hambre,
me mentiste.
Y fue lo único bueno que me ha pasado.