Las sábanas blancas ondean al viento como las velas de un barco ebrio. Del otro lado se escucha el mar golpeando una y otra vez las rocas de aristas redondeadas.

Desde la terraza contemplas la camisa blanca tirada en medio del patio, llena de aire como si contuviera dentro un cuerpo inerte. Han pasado años, demasiados. Aun así, el vestido blanco de Elena sigue flotando dentro de tu cabeza, y te deja en la boca un regusto amargo.

El olor a flores te lleva a la casa de tus padres, a ese otro patio grande, repleto de glicinias, verbenas y buganvillas, que teñían de rosa el jardín, el mismo color de los vestidos que llevabais tus hermanas y tú.

Los días de verano se hacían tan largos que pensabais que nunca ibais a crecer. Las siestas obligatorias que imponía tu madre se llenaban con las historias que os había contado la abuela Angustias.

Elisa siempre era la narradora. La abuela decía que era la reencarnación de su hermana del mismo nombre, a la que llamaban la contadora de historias.

La vecina del segundo ha bajado a por la camisa. Seguro que es de su marido. Ese hombre siempre va como un pincel. Parece asustada. Dicen que él la maltrata. Si es así, no entiendes por qué no apuñala la camisa ahora que está inerte en el suelo. Tal vez la punta del cuchillo se clave en el cuerpo del marido. A veces las cosas que nos pertenecen nos sustituyen.

Quizá por eso siempre le pedíais heroínas a Elisa. Tu preferida era Virginita Arias. Dicen que una noche, durante la guerra, Virginita, escondida tras la tapia del cementerio de la Almudena, emitió un aullido tal que el pelotón de fusilamiento salió corriendo y los vecinos que iban a fusilar quedaron libres. En la versión de la abuela, el aullido era de lobo, pero Elisa añadió al cuento que Virginita emitió un aullido de león y, por eso en pocos días le creció una frondosa melena pelirroja y se le rasgaron los ojos.

Suena el violín del vecino del primero. No le conoces. Jamás se asoma a la ventana ni sale al patio. Las cortinas de su terraza se mueven al ritmo de esa melodía triste que repite cada mañana. Imaginas que toca solo en una habitación de paredes acolchadas, como aquella habitación de Elena, y que ella baila, primero suavemente siguiendo la música, para luego empezar a oscilar en círculos como una peonza, hasta convertirse en un huracán que lo destroza todo.

Ya no hay nada en la nevera. Tienes que salir a comprar. Lo difícil es dar el primer paso fuera de la casa: salir al rellano, cerrar la puerta detrás de ti, abandonar tu refugio. Después bajas las escaleras, intentando no hacer ruido, como hacíais en tu casa cuando os escapabais las noches de luna llena. Caminas hasta el mercadillo del paseo marítimo. Compras melocotones como los de tu árbol.

El viento comienza a arreciar. Algunos toldos salen volando, dejando las mercancías sin protección. Respiras hondo hasta llenar los pulmones, pero lo único que entra en ellos es el mar entero. Toses y escupes las algas enredadas en tu garganta.

Entonces la ves. Elena nada entre las olas con su vestido blanco. Corres hacia ella, te adentras en el mar y nadas, nadas con todas tus fuerzas, pero las olas te alejan cada vez más de tu hermana, hasta que se la traga el mar.

Cuando despiertas, estás en la playa rodeada de gente. Un hombre arrodillado a tu lado te pregunta si estás bien. Lo oyes como si estuviera muy lejos. Te incorporan despacio. Entre las olas una camisa blanca flota.

Atalanta

He querido ser un pájaro, un árbol, el viento, la lluvia, el rayo, el mar, el azul. Cuando escribo soy todo eso porque escribir es soñar despierto y te permite vivir mil vidas. Coordino el Club de Relato en Irredimibles.