Paloma Ulloa (Yverdon les Bains, Suiza, 1968). Escritora precoz, publicó su primera obra infantil en 1989. Viajera insaciable, curiosa y observadora, estudió Geografía e Historia para intentar comprender mejor el mundo en el que vive y el pasado del que procede.

En la Editorial Complutense publicó Madrid al detalle: la aventura de mirar hacia arriba, que cosechó buenas críticas y llegó a convertirse en un texto de referencia en las listas bibliográficas especializadas, a pesar de tratarse de una obra atípica y personal. Más tarde, de nuevo en la literatura para los más pequeños, editó Las adivinanzas del Rey del Mar (de la que también escribió la adaptación teatral); creó el personaje Barahonda, del que surgieron Barahonda Bilón, Barahonda y los Maya, Barahonda y el Califa y Barahonda y el Capitán Cortázar. Igualmente, publicó, bajo el seudónimo Katja Cléver, la serie infantil Manuela, compuesta de seis volúmenes bilingües (Español-Inglés) destinados al público infantil. De nuevo en la literatura para adultos escribió Madrid, cuaderno de viaje: una guía de autor íntima pero exhaustiva de la Capital de España; así como el libro de relatos Postales en el tiempo. Ha realizado numerosas adaptaciones teatrales entre las que se encuentra Las novias de Travolta del dramaturgo Andrés Tulipano, que tras su estreno en Madrid dio lugar a que escribiese la novela homónima editada por Ediciones B (Uruguay). Papel, papel y tinta (Talentura, 2016) es su segundo libro de relatos.

Su última publicación hata la fecha ha sido la nvela “El hierro de tu piel” (Talentura, 2021)

Su última aventura literaria es un canal de Spotfy, Relatos para la hora del café» donde recoge microrrelatos narrados por ella misma

Paloma Ulloa nos trae a Irredimibles un relato del que podemos disfrutar a continuación:

Desapego

Se está bien aquí, arropado por este silencio, o este temor, o esta aprensión. Cuando acepté el trabajo, desesperado porque no tenía dónde caerme muerto yo, que había sido una de las plumas más afiladas del periodismo patrio, sentí que había caído a un pozo sin fondo del que ya no volvería a salir. Me avergonzaba tanto mi situación que llegaba antes del amanecer y me escurría como un proscrito a través de la verja para que nadie me viera. Con el tiempo comprendí que no me reconocían, que era una figura gris, como todas las demás, sobreviviendo en el fango amniótico del anonimato.

Ahora estoy en paz. Es un trabajo sencillo. Me siento en mi chiscón de vigía y leo durante horas, entre paseo y paseo, entre las tumbas. Se me cayó la ambición como una hoja de otoño reseca, quitándome un enorme peso de encima, y pago mis facturas y compro mi pan, y duermo sin miedo las largas noches del invierno y las mecidas tardes del verano.

Los muertos no exigen. Los deudos son olvidadizos y dejan de regresar casi enseguida tras los entierros. Ahora no cambiaría mi vida por nada. Escribo cuanto quiero y lo guardo en mi cajón, sin miedo, hasta que a las páginas les brotan las raíces y las ramas de la ficción se afianzan y puedo deshacerme de ellos, sin preocuparme demasiad por su futuro.

Se está bien aquí. El silencio me arropa, me acompaña. La cercanía de la muerte me sosiega.